El milagro de la escuela

El titular debería ser en plural, dado que se cuentan por montones los signos casi inexplicables que se obran en los establecimientos educativos. Por ejemplo, podemos encontrar chicos que no tienen una participación activa, no cumplen con sus compromisos, pero son felizmente constantes en la asistencia y raras veces faltan a clases. Estos estudiantes, que aparentemente no les interesa el estudio, nos inquietan, por lo que es corriente (en mi experiencia) escuchar a colegas que manifiestan no entender por qué siguen yendo a clases si no se involucran. Ya verás lo que he descubierto.

Es usual que ponga la mirada en los aspectos frágiles y cuestionables del sistema escolar. Pero, ahora, y desde hace algún tiempo, me llaman poderosamente la atención las muchas experiencias cuasi milagrosas que viven muchos niños, niñas, adolescentes y jóvenes en las instituciones educativas. Muchos estudiantes que presentan un bajo desempeño académico y que pareciera no interesarles las actividades de aprendizaje, contraponen su actitud a algunos aspectos, al parecer, contrarios a su grado de rendimiento.

  1. Son constantes en la asistencia a clases, raras veces dejan de asistir a la escuela.
  2. Normalmente son alegres y muy activos en los juegos y actividades “extracurriculares”.
  3. Son más generosos en la prestación de algún servicio.
  4. Por lo general, tienen un particular sentido de pertenencia por la institución.
  5. Tienen una gran disposición para establecer redes de amistad mucho  más amplias.

Si bien, estos factores no son una regla general, es lo que he constatado en algunos de los estudiantes que presentan la tipología descrita al principio. El descubrimiento va más allá, pero tiene un sabor agridulce. El mejor momento del día para estos chicos es el que pasan en la escuela. El colegio o la escuela es su zona de confort, es el sitio seguro, es su oasis de paz. Encuentran en la escuela buena parte de lo que la vida y/o la familia les ha negado, afecto, seguridad, comprensión, inclusión, una figura paterna (su maestro) o materna (su maestra), una familia, motivos para sonreír, y entre otras cosas, hasta alimentación.

Es formidable la historia dramatizada en la película De la calle a Harvard, una frase de este film me alta el pensamiento: “La escuela es un lugar aburrido, pero es el mejor lugar para estar” -o algo así-. En mi artículo ¿Por qué la escuela es aburrida? esgrimo algunos aspectos que hacen de la escuela una experiencia aburrida, pero ahora lo hago desde la otra orilla: también lo es para el maestro, ya que tiene que lidiar con un sinnúmero de situaciones adversas y poco favorables a su oficio: sistema escolar obsoleto, inoperancia del Estado, poco o nulo compromiso de los padres, grupos de estudiantes muy numerosos, alto porcentaje de chicos disruptores, con déficit de atención o sin referentes de autoridad, la lista es larga.

Pese a este panorama, como maestros toca sobreponernos, tomar fuerzas, volver al amor primero y encontrar la inspiración para intervenir todas las situaciones posibles que vienen al aula en la “mochila” de nuestros estudiantes, pues, puede que esas cuantas horas sean el momento más apacible del día a día para muchos de ellos.

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