Escuela para la familia: matricular familias y no sólo a los niños/as

Una de muchas estrategias provechosas para efectos de alcanzar una educación de calidad es matricular familias, en lugar de sólo al niño o niña. Suena algo extraño, pero es completamente coherente, si se tiene en cuenta que la educación de los niños/as y adolescentes, es mucho más efectiva cuando se involucra a la familia en el proceso.

Hay varias dificultades a las que se enfrentan las instituciones en este sentido, veamos algunas.

Por un lado, cunde en muchas familias la idea de una “escuela-guardería”, en la que se lleva al niño/a para que se encarguen de él mientras los padres o cuidador/res cumplen con sus responsabilidades laborales. Es como un parking de niños/as. Ahí se les puede estacionar, están en una zona “segura”, y se puede desentender de ellos mientras se trabaja o realiza cualquier otra actividad.

Por otro lado, la falsa concepción de que la obligatoriedad de la educación recae exclusivamente sobre la escuela. Falso. En esto se combinan, por lo menos, tres estamentos sociales a saber: el Estado, la escuela y la familia. El más importante, la familia, la primera escuela, la escuela por excelencia. Sobre las bases que ésta le simiente al niño/a, la escuela y la sociedad le ayudará construir (educar) lo demás.

También están los estudiantes que asisten en calidad de “huérfanos”. Aún viviendo con sus padres, están arrojados en el mundo “sin Dios y sin ley”, carentes de toda manifestación de afecto y cuidado, y desprovistos de auténticos referentes de autoridad. Para ellos, la escuela se convierte en un “escampadero” [leer artículo: El milagro de la escuela], en el que pueden pasar algunas horas de esparcimiento y compartir, pero sin una notable injerencia de sus familias en su educación escolar.

Sin duda, hay otras tantas dificultades a las que se enfrentan las instituciones a la hora de involucrar a las familias en el proceso de formación de los estudiantes. Entonces, ¿Por qué insistir con la presente reflexión en este asunto?

Bien, mucho se ha dicho sobre la importancia de la familia en la educación de los hijos/as en el ámbito escolar. Pero hace falta potencializar, desde las políticas de Estado, en los Proyectos Educativos Institucionales, en la construcción curricular y, desde luego, en el plan o programa de aula, una educación que genere un mayor impacto en el núcleo familiar del estudiante, desde todas y cada una de las áreas de estudio. No se trata simplemente de enseñar principios para valorar a las familias. Sino de generar estrategias pedagógicas y didácticas serias, bien pensadas, que logren afectar positivamente a la familia.

Seguramente, muchas instituciones le apuestan con gran ahínco a involucrar a la familia en el proceso de formación. Pero, debería crearse un mecanismo con efectos reales que suponga, demande y garantice la participación activa de las familias en los procesos formativos de sus hijos/as. Esto es, matricular familias en lugar de sólo a los niños/as, adolescentes y/o jóvenes. Por ejemplo, que la planeación de la clase de matemáticas, educación física, o cualquier área, busque no sólo alcanzar los Derechos Básicos de Aprendizaje, sino generar impacto en la familia de los estudiantes; que la participación de las familias no se limite a matricular, recibir informes o participar de las charlas de la mal llamadas sesiones de “escuela de padres”.

En la medida en que proyectemos y logremos matricular familias, nos aproximaremos a una educación efectiva, afectiva, de calidad y liberadora.

 

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