Enseñar a los niños/as a creer en sí mismos, una necesidad urgente

Hace poco recibí una llamada de un adolescente que había sido mi estudiante, lo hizo para compartirme su alegría por haber recibido un incentivo, tras ganar un concurso de cuento al que le motivé a participar. Eso fue grato, pero mayor fue mi regocijo interior, cuando me dice, “profe, el principal motivo de mi llamada es para agradecerle por haberme enseñado lo más importante: aprender a creer en mí mismo”.

Esas palabras me conectaron, automáticamente, con mi persistencia en convencer a los estudiantes de que ellos tienen un gran potencial, todos son inteligentes y capaces, con grandes destrezas y dones para explotar. Insistencia que está acompañada de honestas aclaraciones, como, por ejemplo, la escuela, la familia y la sociedad no hacen lo suficiente por ayudarnos a desarrollar tales capacidades, así que de cada uno depende si se potencializan o se desperdician; como el hombre de la parábola que puso a producir sus “talentos” y logró multiplicarlos, o el que prefirió enterrar el “talento” por temor a perderlo.

Este mismo estudiante me hizo recordar, que había tenido tropiezos con él porque, al parecer, yo había sido injusto, pues, a muchos de sus escritos y productos les hacía correcciones y recomendaciones para mejorar, cuando él mismo se percataba de que otros productos de sus compañeros, aparentemente de menor calidad y extensión, no les hacía tales recomendaciones, mas las aprobaba sin mucha objeción. Mucho me costó convencerlo de que todos no tenemos las mismas capacidades, que si le hacía más recomendaciones a él era porque había descubierto su enorme potencial crítico, argumentativo y creativo.

Creer en sí mismo

Convencer a nuestro cerebro para que desarrolle al máximo nuestro potencial es posible, sin que ello implique un exceso de confianza o una imprudente obsesión con el optimismo, que pueda conducirnos a la fracaso o a crear una NO tolerancia a la frustración. El punto es complejo, no tanto porque no sea fácil aprovechar al máximo la plasticidad del cerebro, como por el déficit de aplicación de estrategias y actividades de enseñanza-aprendizaje que trabajen el asunto de las inteligencias múltiples, la didáctica diferencial y la inteligencia emocional.

Toca empezar por des-convencer al cerebro del estudiante de lo que, probablemente, ha debido absorber a lo largo de su crianza, especialmente en las correcciones de sus padres que apelan a un lenguaje no asertivo: “eres necio”, “no seas inquieto”, “eres muy mezquino”, “eres un bueno para nada”... Claro, antes, el educador/a debe comprender un mínimo necesario, las funciones básicas de la mente humana: función consciente y función inconsciente (anteriormente denominado subconsciente). Atención a esto. Es preciso clarificar que la mente inconsciente cumple funciones vitales, pero no diferencia entre verdad y falsedad, todo aquello que se inserta en ella, se reflejará involuntariamente en la forma de pensar, expresarse, asimilar la realidad y en el estilo de vida, entre otros.

Conviene desempolvar una vieja claridad del psicoanálisis: el poder de la sugestión. Bien aprovechada por las nuevas formas religiosas de corte pentecostalista, los creativos de la publicidad, o los dueños de organizaciones tipo outsourcing, bien extendidas en países latinoamericanos. Estas y otras estructuras proselitistas, buscan convencer y afiliar al mayor número de adeptos posible, utilizando el poder sugestivo, no sin antes haber identificado sus debilidades y necesidades. Jugar con la fragilidad psicológica es el punto fuerte de la sugestión. Esto puede ser entendido como el convencimiento, muchas veces fanático, de algo que puede ser irreal, fantasioso o ilusorio.

¿Por qué es posible esto? Entre otras razones, por la plasticidad del cerebro. Justamente, una de las funciones mejor estructuradas en el maravilloso órgano cerebral es el asunto de la fe o del creer. Una vez las ideas logran hundirse en las profundidades de la mente inconsciente, la persona actuará automáticamente en orden a aquello que le estimule. Por ejemplo, en Japón, el ciudadano promedio en un momento de lluvia toma un paraguas que no es de su propiedad para su beneficio, pero pronto lo devolverá al sitio de donde lo tomó, sin la necesidad de realizar un juicio ético, es decir, no tiene que decidir si apropiárselo o no, porque hace parte de su inconsciente colectivo el “no-robar”.

Así, pues, si el cerebro humano es susceptible de creer de manera absoluta, y ello implica unas transformaciones en el ser y en el hacer de la persona y, consecuentemente, en su entorno, ¿Por qué no emplear estrategias pedagógicas y didácticas que convenzan a los estudiantes del enorme potencial que cargan sobre sus hombros?

Enseñar a los estudiantes a que crean en sí mismos debe ser una de las más vehementes apuestas de las instituciones educativas. Mi propuesta no consiste en dejar a Dios por fuera de la ecuación. Sino, suscitar en los escolares la firme convicción que han venido al mundo con una poderosa fuente inagotable [divina, si se quiere] en nuestro interior, que de allí brota para trascender nuestras limitaciones y trasformar/mejorar la realidad, en función del bien común y la paz global.

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