5 consejos sobre “el don de la palabra en el acto de enseñar”

“Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice” (Sigmund Freud)

Cuando el ser humano se expresa ya no vuelve a ser el mismo, porque cuando la persona se expresa se modifica a sí misma y el entorno se altera de algún modo. Por eso, es fundamental el cuidado que debe observarse respecto del don y uso de la palabra, sobre todo, porque al ser emitida, ya no hay marcha atrás, resulta irreversible.

“De lo que no se puede hablar es mejor callar” (Wittgenstein)

Cuántas heridas producidas por palabras cortantes, lacerantes, indelicadas, aún sin intención. Pero, ¿Qué es eso del don (poder) de la palabra?

“Las cosas con el tiempo reciben mutua pena y retribución por su injusticia” (Anaximandro)

Recordemos algunas cosas. Si se entiende la palabra como la emisión de fonemas con sentido lógico, que expresan la riqueza y/o la fuerza de las ideas, las convicciones profundas, las descargas imperativas, e incluso destructivas, podemos comprender todo aquello que puede producirse por ella, una vez ha sido pronunciada, aunque puede resultar efímera o que el uso de la tecnología la perpetúe en el tiempo mediante la grabación. Al considerarla desde el lenguaje escrito, puede perfectamente asumir las características anteriores; sin embargo, tiene una mayor probabilidad de extenderse en el tiempo y el espacio. Ya sabemos lo que pasa con los libros o los tweets.

“Cuando ponemos freno en la boca a los caballos… controlamos todo su cuerpo” (Santiago 3,3)

Ahora bien, sabiendo que con la “palabra” podemos crear, recrear, construir, reconstruir, sanar, bendecir, animar, motivar, apoyar, consolar, aconsejar, resignificar… enseñar; explotar al máximo este don en el acto de enseñar, es lo menos que podemos hacer.

Es pertinente considerar lo siguiente:

1. A menos que se digan incoherencias o se esté falto de juicio, cuando se habla o escribe, se produce una donación del ser. No toma el poeta las palabras como hojas de un árbol que no es él, para confeccionar una oda o elegía; lo hace desprendiéndose de sí, dándose en cada palabra o, por lo menos, ofreciendo un poco de su sentir, pensar y compartiendo su modo de ver y habitar el mundo. ¿Debe un docente hacer lo mismo mientras transmite las fórmulas matemáticas o las reglas de la gramática?

2. No es sabio quien mucho habla o quien goza de grandilocuencia. Lo es quien teniendo mucho qué decir, reconoce el momento preciso en el que debe dar lugar a la mejor palabra: el silencio. Maestra/o, en el acto de enseñar, es preciso abrazar, el momento justo en el que callar: es la mejor enseñanza, un llamado de atención prudente, o la más sabia respuesta, tal vez acompañada de un “no sé”.

3. No despreciar la dulzura, los cambios de ritmo, alternar entre altisonancia y suavidad. Apelar a la ternura cuando se requiera una corrección; usar un tono de voz suave cuando el tema trastoque la cotidianidad de los escolares, para agudizar sus sentidos; subir el tono de manera súbita o inesperada, sin vociferar, tal vez los traiga de vuelta y hasta los despierte.

4. Hablar para enseñar desplazándose entre el uso de la palabra como comunicación y como poesía. La palabra como medio efectivo para la comunicación, difícilmente será desplazado, y menos si se matricula en el lenguaje asertivo. Pero si logramos tocar, acariciar o mezclar el discurso con un lenguaje poético de cuando en vez, sin duda produciremos mayor impacto en el auditorio y facilitaremos la activación de los dispositivos básicos de aprendizaje.

5. Dejar que el buen humor sea follaje en el ramillete de palabras que decoran tu discurso, es pertinente, conveniente y necesario. Quien nos escucha tiene memoria, gustos, poder de decisión, redes sociales y acceso ilimitado a temas más interesantes que los nuestros. La frialdad, el tedio y la monotonía en el tono de voz, es todo lo que necesita para sumergirse en su smartphone o para que su organismo deje de oxigenar suficientemente su cerebro y aparezcan los bostezos.

 

Muchos más consejos encuentra

quien en el uso de la palabra

un arte descubre.

Nunca olvidando

que quien lo escucha

se merece…

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