¿Se puede erradicar 100% las conductas conflictivas en la escuela?

¿Se puede evitar el uso, abuso y tráfico de sustancias controladas en los escenarios escolares? ¿Es posible erradicar completamente riñas, actos vandálicos o cualquier situación que altere la disciplina en los centros de formación escolar? Que nuestros establecimientos educativos sean el mejor lugar para que nuestros escolares estén, es discutido, pero que sea un lugar para el encuentro y el compartir, es una realidad dada que no necesita la aprobación ni del consenso ni de los sabios y entendidos. Sin embargo, pueden darse, en no pocos casos, experiencias de desencuentros, bien sean riñas, bullying, enemistades, altercados, enajenación de objetos, traiciones… ¿Qué hacer frente a esto? ¿La sanción y las medidas punitivas son lo más importante al atender estas situaciones?

Como madres/padres de familia o docentes, no puede menos que inquietarnos profundamente los actos vandálicos, de agresión física grave o que involucren drogas ilícitas, protagonizados por estudiantes. Es como si lo que estamos intentamos construir a partir de la educación, se derrumbara. Llama la atención la forma como se publicitan estos eventos a través de las redes sociales y la forma como lo abordan muchos medios informativos. Se desconocen los derechos de los menores, se exponen sus identidades, se califican de delincuentes, asesinos en potencia, agentes de crueldad, entre otros.

En fin, no se ahorran ni miden los calificativos despectivos, denigrantes, irritantes y que promueven el odio y la toma de la justicia por cuenta propia. ¿Grave? Gravísimo. Pero, no es menos delicado el hecho de reclamar medidas drásticas a los establecimientos educativos sobre los menores infractores o que alteran el orden dentro de las mismas. En este sentido, se nos olvidan algunos aspectos claves de la función de la escuela y hasta los confundimos. No es una institución penitenciaria, es un lugar concebido para la formación. Frente a la infracción, su labor no es castigar sino corregir y acompañar sobre la marcha, más importante aún, prevenir las situaciones. Las directivas no son un órgano judicial, mas son encargados de activar, gestionar y facilitar rutas de atención pertinentes, ajustadas a la Ley y comprometidas con la salvaguarda de los derechos de los menores.

Ahora bien, dado que estos acontecimientos son una realidad –suceden diariamente y en todo lugar- caben, entre muchas otras, un par de preguntas, ¿Qué hacer frente a esto? ¿La sanción y las medidas punitivas son lo más importante al atender estas situaciones? Pues, lo mejor y más importante es el tratamiento preventivo. Ir un paso adelante, prever las situaciones, estar atentos al curso de la historia, a los signos de los tiempos y a las señales de alerta. Es de vital importancia, tener en cuenta estos indicadores, no para tratar de evitar lo que muchas veces es inevitable, sino para formar conciencias críticas que adquieran, desarrollen y se apropien de criterios y elementos de juicio, que sean útiles para nuestros escolares a la hora de afrontar situaciones adversas como incitaciones de la violencia, actos vandálicos o delictivos, uso, abuso y tráfico de sustancias controladas, y muchas otras situaciones que pueden resultar contraproducentes para el menor y, por ende, para la familia, la institución y la sociedad.

La escuela [y el colegio] como posibilidad de encuentro y desencuentro

No podemos equivocar la función, rol y naturaleza de la escuela. Más importante aún, es imprescindible reconocer a los centros educativos como espacios de encuentro y desencuentro. Es decir, los establecimientos escolares son el espacio natural para el encuentro: la amistad, el compartir, la compañía, el juego, el intercambio, el trabajo en equipo, el aprendizaje colaborativo y cooperativo; allí se construyen los primeros consensos, formulaciones lingüísticas particulares, las primeras acciones de participación democrática, micro-espacios de afinidades e intereses comunes. Al mismo tiempo, son espacios propicios para diversos tipos de situaciones conflictivas y adversas.

Es natural, que las instituciones educativas, como cualquier otro colectivo humano, sean escenario de desencuentro: la enemistad, disputas, malos entendidos, altercados, discusiones, y dependiendo de los niveles de tolerancia de una sociedad a otra, se dan en mayor o menor proporción las agresiones físicas, verbales y psicológicas. Ya hemos visto como el bullying o matoneo toma fuerza en los establecimientos educativos, al igual que el porte consumo y distribución de sustancias psicoactivas. Además, la población escolar comporta suficientes factores que se convierten en caldo de cultivo para el disenso, sociolectos y sistemas de comunicación agresivos (muchas veces imperceptibles para quien está fuera de este colectivo), actitudes anárquicas y antidemocráticas, ghettos, tribus urbanas y micro-espacios en los que germinan intereses particulares e individualistas.

Ciertamente, es imposible evitar todas estas situaciones, por su complejidad, diversidad, velocidad y organización al margen de la norma. No obstante, todas estas situaciones pueden ser capitalizadas por la escuela si se les da un manejo pedagógico y no inquisitivo. Esto es, corregir sobre la marcha, hacer lectura crítica de estos eventos, para efectos de valorar las causas y consecuencias, para conducir a los escolares a descubrir, construir y proponer las posibles soluciones. A propósito, la resolución de problemas es una de las estrategias de aprendizajes más efectivas.

En conclusión, dado que la escuela es un lugar natural para el encuentro y desencuentro, no puede evitarse que en ella tengan lugar situaciones adversas y conflictivas, pero sí es posible educar para que los estudiantes aprendan a manejar y resolver de manera adecuada tales acontecimientos. De hecho, la educación tiene que ser un acto emancipador, que libere a los sujetos en la escuela (maestras/os y estudiantes) de cualquier forma de opresión, marginación o vulneración de los derechos y libertades.

 

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