Hemos olvidado mirar al cielo

En un mundo modernizado, industrializado y digitalizado, muchos de sus habitantes nos hemos olvidado de “mirar al cielo”, entre otras cosas, porque desde muchos puntos es poco atractivo lo que este ofrece a la vista o, por lo menos, lo que entre éste y la vista se interponen, me refiero a la contaminación (de todo tipo).

Cuánto bien hace a la mente humano levantar la mirada al espacio sideral y respirar profundo. Mirar, no perdiendo la vista en el firmamento infinito, sino mirar como quien busca un poco de inspiración, paz, tranquilidad, sosiego; incluso, mirar como queriendo escapar de lo asfixiante que resultan las calles y dinámicas propias de ciudades desarrolladas.

Pareciera que muchos lo han olvidado y prefieren encorvarse en el absorbente y a ratos agobiante mundo de las pantallas digitales. Hace poco, un amigo y maestro manifestaba su añoranza de los tiempos en los que Facebook era un puente de conexión con las amistades lejanas, permitiendo una extensión de las alegrías, buenos momentos y triunfos que en esta red sus contactos le compartían; pues, ahora se ha convertido en un continuo hostigamiento y bombardeo de informaciones falsas y contiendas de intereses mezquinos y malsanos, por ejemplo, la agresividad con la que se nos presentan las campañas electorales y demás.

Yo comparto su denuncia, pero creo que el problema radica en que hemos olvidado “mirar al cielo”. Cuando lo olvidamos o no nos interesa más poner la mirada en las realidades profundas, automáticamente nos sujetamos a las inseguridades y a la superficialidad de las realidades que nos circundan. A partir de ese momento las crisis existenciales nos afectarán mucho más, aunque en principio no se note.

¿Qué significa “mirar al cielo” desde la perspectiva de esta reflexión? ¿Por qué hacerlo? Lo que planteo no es algo nuevo. Realmente se trata de volver la mirada a lo profundo, es buscar el reencuentro con esa realidad trascendente que muchos llamamos Dios, es dejarse encontrar, es, especialmente, mirar dentro, redescubrir el centro y abrirse a una experiencia mística, reiniciar una vida plena, con sentido y dadora de sentido, que se convierta en una ventana para que otros, a través de ti, puedan “mirar al cielo” y liberarse. Y todo, porque mirar al cielo es darse cuenta que la felicidad camina conmigo.

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